Las tensiones entre Venezuela y Estados Unidos alcanzaron un punto crítico esta semana, marcadas por una serie de acciones que podrían desencadenar un conflicto armado regional.
El pasado 2 de septiembre, la Marina de EE.UU. realizó un contundente ataque aéreo en el sur del Caribe contra una embarcación venezolana vinculada al Tren de Aragua, un grupo que Washington ha calificado de «narco-terrorista».
El incidente, que dejó 11 personas muertas, ha sido justificado por EE.UU. como una medida contra un “immediate threat”, aunque críticos cuestionan la legalidad de la acción al considerar que carece de autorización del Congreso o de organismos internacionales.
La respuesta de Venezuela no se hizo esperar: se han desplegado 25.000 uniformados en la denominada “Zona de Paz No. 1”, y funcionarios chavistas advirtieron sobre la preparación en “todos los frentes”, catalogando a eventuales colaboradores de EE.UU. como “caballos de Troya” y advirtiendo que su destino sería el mismo que el de los enemigos de la patria.
Desde el lado estadounidense, se ha reforzado presencia militar. EE.UU. envió aviones de combate F-35 a Puerto Rico, donde altos mandos del Pentágono realizaron una visita no anunciada, y han anunciado que la misión en la región no es un simple ejercicio, sino una operación activa contra el narcotráfico.
En un tono algo conciliador, el ministro de Exteriores de Venezuela, Yván Gil, declaró que “no buscamos el conflicto, y no queremos conflicto”, a la vez que abogó por el diálogo y el respeto mutuo. Por su parte, el presidente Nicolás Maduro insistió en la defensa de la soberanía venezolana e instó a Trump a abrir canales de comunicación para evitar una confrontación armada.
Finalmente, el presidente brasileño Lula Da Silva también ha expresado preocupación por la presencia de buques de guerra estadounidenses en el Caribe, calificándolos como una fuente de tensión regional.
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